Tomarse el tiempo. Disfrutar de la cocina. Observar como se transforma la harina y el agua en nuestras manos. Hoy me propuse eso y volví a mis fuentes. Todo empezó ayer, cuando caía la tarde y tomé 150 gramos de harina integral, 1 taza de agua tibia y un poquito de levadura (muy poquito) y los mezclé y los abrigué durante la noche para que hicieran la maravilla de transformarse en masa madre. Hoy a la mañana el mejunje estaba espumoso y con un aroma a fermento tan lindo. Tomé mi tabla de amasar (aquella que traje de Tandil, y que es una de mis adquisiciones culinarias más preciadas), formé una corona con 50 gramos de harina de centeno y 650 gramos de harina 000. En esa corona espolvoreé una cucharada de azúcar y 2 de sal fina, más o menos. Eché un chorrito de aceite, como me enseñó mi mamá. Tomé unos 250 ml de agua tibia y disolví en ella una cucharadita generosa de extracto de malta y una pizca de levadura. Entonces coloqué en el centro de la corona la masa madre y de a poco fui amalgamando las harinas y los líquidos, hasta que se formó una masa suave y lisa. La amasé hasta que los brazos no me dieron más y la puse a descansar. A las 2 horas más o menos, la dividí en dos, formé las barras y las dejé levar una hora, una hora y media, no recuerdo bien. Cuando vi las barras gorditas y rozagantes, les hice unos tajitos y las llevé al horno, que las esperaba a 220º. Cuarenta minutos y un tachito con agua en el piso del horno hicieron el resto. Así nació este pan, con gusto a masa madre y domingo de gloria. Perdón si la receta no tiene la exactitud de otras veces, pero de eso se trata, de probar y disfrutar...
Concurso de sartenes Lecuine
Hace 8 meses